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lunes, 30 de mayo de 2016

Querido lector

Querido lector. Te agradezco que estés leyendo esta historia. De verdad. Aunque en estos momentos tengo poco tiempo y debo centrarme en otros proyectos más importantes que esta corrección. Por lo tanto, de momento va a quedar parada. Sin embargo, eso no quiere decir que no vas a ver como continua. Puedes entrar en  http://juanmanuel-zombis.blogspot.com.es y seguir leyendo. Aunque esos capítulos no están corregidos. Tanto en el blog de la historia corregida como en wattpad, la historia va a quedar parada de forma indefinida.
Gracias por la comprensión y un saludo.

viernes, 20 de mayo de 2016

Zombies Capitulo 12: Ansia de carne

Día 24 de junio de 2016

La puerta principal del ambulatorio se abrió poco a poco y Lidia entró escoltada por Ángel, Víctor y Juan. la recepción del ambulatorio estaba patas arriba. Había sillas de ruedas aparcadas junto a la pared y papeles tirados por todas partes. Dentro, olía a cerrado ya podredumbre. Lidia se asomó por la ventana que daba a donde estaban las recepcionistas del ambulatorio anotando las consultas. Allí vio entonces el cuerpo de una chica. Estaba hinchado y morado, en sus muñecas podían verse aún los cortes, y debajo de las manos, charcos de sangre seca. Miró la etiqueta de la bata y vio el nombre de aquella chica. Se llamaba Gloria.
—¡¡Eh!!— la voz de Juan la sacó de sus pensamientos —Venga, no te entretengas. Cojamos lo que vinimos a buscar y salgamos cagando leches de aquí. Algunos de los infectados de la calle nos vieron entrar. Es cuestión de tiempo que se acerquen a buscarnos.
—¿Dónde están los medicamentos?—preguntó Víctor mientras avanzaba hacia las escaleras.
—Están ahí. Hay como una farmacia adherida al ambulatorio. Es ahí donde tenemos todo lo que necesitamos—respondió Lidia señalando a una puerta que había al fondo de la sala en la que se encontraban.
Los militares miraron a donde Lidia señalaba y entonces lo vieron. Efectivamente ese era el lugar. Había un enorme cartel de color verde con una cruz que en los días anteriores habría estado iluminada. También había una persiana metálica bajada completamente.
—Vale. Démonos prisa entonces—dijo Víctor comenzando a caminar.
Los cuatro caminaron hacia la persiana metálica. Con sumo cuidado la fueron abriendo.  Una vez abierta, pasaron al interior y comenzaron a cargar sus mochilas siguiendo las indicaciones de Lidia.
Lidia comenzó a buscar en secreto el test de embarazo que le iba a llevar a Ana. Aunque ella estaba segura que estaba embarazada. Lidia no quería imaginarse lo que iba a ser traer un niño a ese nuevo mundo en el que les había tocado vivir, pero tampoco es que hubiese marcha atrás. Ana no iba a poder abortar, ya no.
Finalmente encontró lo que buscaba. Cogió al menos media docena de ellos y entonces se los metió en la mochila. Justamente en ese momento, Víctor la vio.
—¿Eso son test de embarazo?
Lidia al principio no supo que decir, pero finalmente asintió. Víctor miró entonces a Juan y a Ángel. Ellos seguían a lo suyo y no parecía que se hubiesen percatado de nada. Con total discreción, Víctor agarró a Lidia del brazo y se la llevó detrás de unos estantes, fuera de la vista de los otros dos militares.
—¿Estás embarazada? ¿Por qué no habías dicho nada?
—No. No lo estoy. Escucha, esto no es para mí. De hecho, no puedo decirte para quien es. No hasta estar seguros de que lo está. Te pido por favor que me guardes el secreto. Por el bien de la madre, del bebé y del grupo. La gente podría asustarse.
—Está bien. No diré nada de nada.
Terminaron de llenar las mochilas y salieron del ambulatorio. Matando a los infectados que se habían acercado. Llegaron al vehículo y comenzaron a cargarlo. Lo habían logrado.
—Vale. Vayamos al punto de encuentro. Aún queda tiempo para la hora límite, pero los esperaremos allí. ¿Sabéis? Me sorprende lo fácil que ha sido—dijo Ángel con una sonrisa. —Me había esperado algo mucho más complicado.
Lidia se dio en ese momento la vuelta para mirar otra vez hacia el ambulatorio. Fue como si alguien la observara. Era una sensación extraña. Alzó la mirada hasta el último piso. Fue en ese momento cuando vio una figura pequeña de cabellos largos mirándola desde la ventana. De repente desapareció.
—Eh ¿Qué pasa? —preguntó Juan pasándole la mano por delante de la cara. —Te has quedado pasmada.
Lidia quitó la mano de Juan de delante de su cara con un manotazo —Me ha parecido ver a una persona. Concretamente me ha parecido ver a una niña.
—Pero… ¿De qué estás hablando? ¿No sería un infectado? Sería lo más lógico— respondió Ángel —No sería nada raro que en los pisos superiores hubiese alguno. Al fin y al cabo, no los hemos explorado. De verdad, olvídalo.
—No. Te digo que era una persona. Nos estaba mirando, y cuando la miré desapareció. Como si quisiese esconderse. Y que yo sepa, los infectados no se esconden. Además, parecía una niña de siete u ocho años— respondió Lidia. —De ser un infectado ya estaría aquí. Os digo que era una niña y que estaba viva.
—Vale. ¿Y qué? Como si tiene diez años. No es asunto nuestro— respondió Juan —Ya somos muchas bocas. No me malinterpretéis, pero ya tenemos nuestros problemas.
—¿Y pretendes dejarla aquí? No es más que una niña. Debe de estar muy asustada—respondió Lidia acercándose a Juan. Le habría golpeado si no llega a pararla Víctor.
—Ya podría estar infectada ¿Quieres arriesgarte otra vez? ¿Ya has olvidado lo que pasó la última vez con la infectada aquella? Si. Esa chica que sabías que lo estaba y no dijiste nada. Lo siento, pero no. Yo no la llevaría conmigo— respondió Juan. Lidia trató de zafarse de Víctor para golpear a Juan, pero nuevamente fue retenida. Entonces esta se apartó de Víctor de un empujón.
—Vale. Pues ya está. Yo voy a ir a buscarla. No es necesario que vengáis conmigo. Si está infectada, yo misma acabaré con ella, pero si no lo está, la llevaremos con nosotros os parezca bien o mal. Ella será mi responsabilidad— dijo Lidia caminando de nuevo hacia el interior del ambulatorio.
Víctor miró a Juan con un gesto de desaprobación, negó con la cabeza y comenzó a caminar detrás de Lidia —Espera. Voy contigo.
—No. Iré yo sola. Si vienes conmigo podría asustarse. Mejor espérate aquí con los demás—dijo Lidia dándose la vuelta para mirar a Víctor. Seguidamente volvió a entrar en el edificio.
Víctor volvió junto a Juan y Ángel. Entonces miró a Juan —Eres único haciendo cabrear a las mujeres.
—Lo que nos faltaba—dijo Ángel —Creo que esto no es buena idea.
—Espero que tenga agallas de hacer lo que se tiene que hacer si la cría está infectada—dijo Juan —Si no. Tendré que hacerlo yo.
*****

Lidia llegó al último piso. Sin embargo, allí no había ni rastro de la niña que había visto. La joven doctora comenzó a buscar por la zona donde la había visto desde abajo. Se asomó por la misma ventana que la había visto y vio a los militares abajo. Encargándose de algunos infectados que habían acudido al lugar. ¿Y si se lo había imaginado? Fue lo primero que pensó. Tenía entendido que a veces, el estrés podía jugar malas pasadas como provocar alucinaciones. Fue justo en ese momento cuando escuchó correr a alguien a sus espaldas. Se dio la vuelta y le dio tiempo de ver a la misma figura que ya había visto. La niña había pasado corriendo y se había metido dentro de una de las consultas. Lidia avanzó rápidamente hacia el lugar.
—Tranquila, no tengas miedo— Comenzó a decir con voz tranquilizadora —No te haré ningún daño. Estoy aquí para ayudarte. No debes tenerme miedo. Te llevaré a un lugar seguro— Lidia entró en la consulta y entonces vio a la niña. Era morena y tenía el cabello bastante largo. Se arrodilló delante de ella y le sonrió —Yo me llamo Lidia. Mírame. No soy como esos monstruos. ¿Cómo te llamas?
La niña seguía de pie frente a ella sin moverse. Aunque le sonreía. En ese mismo instante, Lidia escuchó un ruido a sus espaldas. Era el ruido de una bandeja al caer al suelo. Seguidamente escuchó un sonido rítmico. Era como si alguien estaba golpeando algo repetidas veces.
Lidia se acercó a la puerta entre abierta sin perder de vita a la niña y miro fuera a la sala de espera. El ruido venía de una consulta que tenía enfrente a unos seis metros. El ruido cesó y segundos después, de la consulta del médico, salió un hombre muy alto. Debía medir cerca de los dos metros. Estaba completamente ensangrentado y era terriblemente delgado, casi esquelético, su piel tenía un tono grisáceo, parecía barro lo que llevaba. Lidia se fijó entonces en la cabeza de aquel tipo. Le faltaba pelo, era como si se lo hubiese arrancado a tirones. Así lo delataban las heridas de la cabeza.
Lidia enseguida pensó que se trataba de un infectado. Lo siguió pensando hasta que este comenzó a caminar de nuevo. No se movía como un infectado, se movía de una forma diferente, tal como caminaría una persona viva. Aquel tipo caminó hacia una camilla y fue en ese momento cuando Lidia se percató de algo inusual. De un costado, justamente del cinturón, le colgaba un enorme machete. También vio que uno de sus brazos estaba agarrando algo que llevaba a rastras. Lidia se tapó la boca cuando vio que lo que arrastraba ese hombre, era una pierna recién cortada. El hombre se acercó a la camilla y puso la pierna encima, luego cogió su machete y cortó un trozo. De la misma manera que alguien corta jamón.
Lidia no podía creer lo que estaba viendo. Aquel hombre de grotesco aspecto, cogió el pedazo que había cortado y se lo llevó a la boca para seguidamente comenzar a masticarlo. Cuando lo engulló, se quedó mirando la pierna y cortó un segundo trozo. Lidia comenzó a estremecerse totalmente aterrorizada. Aquello estaba siendo demasiado. Pensó entonces en coger a la niña y salir de allí corriendo. Si lo hacía rápido. Aquel tipo o lo que fuera, no se daría cuenta, pero justo en ese momento, la niña pasó a su lado corriendo, abrió la puerta y se acercó al hombre ante la mirada atónita de Lidia. Ella quiso gritar de puro terror, pero de su garganta no salía nada. Quiso moverse, pero sus piernas no respondían. Su corazón estaba a punto de salírsele del pecho de lo rápido que latía.
La niña cogió al hombre del pantalón y dio un tirón. El hombre la miró y le hizo una caricia en la mejilla mientras mostraba una sonrisa de afecto. Dejando entrever los dientes amarillos y deteriorados. La niña insistió con varios tirones más y aquel tipo se agacho. La niña pareció entonces decirle algo al oído mientras que miraba de reojo a donde se encontraba Lidia.
La joven doctora no daba crédito a lo que estaba viendo. Ese hombre que al principio le había parecido un infectado, era una persona viva. Justo en ese momento, la niña miró de nuevo a donde se encontraba Lidia escondida y levantó el dedo. El corazón de la doctora dio un vuelco en ese momento. La niña estaba señalándola. La niña estaba delatando su escondite. En ese momento, el hombre alzó la cabeza y la miró dejando entrever una malévola sonrisa. Aquel tipo sabía que estaba ahí.
*****
Juan, Víctor y Ángel seguían esperando. Los infectados que se les acercaban eran abatidos rápidamente y de forma silenciosa para no atraer a más.
—¿Dónde se ha metido? Pronto tendremos a esos encima— dijo Juan señalando a unos infectados que estaban como a unos doscientos metros de ellos. Por el tono de su voz, se notaba que estaba impacientándose.
—Está tardando demasiado. Voy a entrar a buscarla. No tuvimos que dejar que fuera sola—dijo Ángel comenzando a caminar hacia el ambulatorio. Víctor comenzó a seguirlo. En ese momento escucharon un grito. Venia del interior del edificio y era de Lidia.
Los tres se miraron y volvieron a entrar corriendo al ambulatorio. Subieron rápidamente por las escaleras. Al llegar al último piso, vieron a un hombre muy grande y delgado que se llevaba a Lidia a rastras cogiéndola del pelo mientras esta gritaba desesperada y trataba de liberarse. Cuando ella vio a los militares. Les gritó para que la ayudaran.
El hombre que se la llevaba se dio la vuelta y miró a los tres militares con indiferencia. Estos le devolvieron una mirada de asombro. Entonces aquel tipo aceleró el paso y comenzó a correr mientras Lidia gritaba pidiendo socorro.
—No es un infectado— dijo Víctor sin salir de su asombro.
En ese momento, alguien saltó sobre Juan y se agarró a la espalda. Enseguida comenzó a morderle en el cuello, en el hombro, en la cara y en la oreja. Este gritaba y daba vueltas tratando de quitarse a aquello de encima. Ángel vio entonces que se trataba de una niña.
Víctor y Ángel agarraron rápidamente a la niña y la tiraron al suelo. Iba a disparar cuando en ese momento, Ángel notó un fuerte golpe, el cual lo lanzó por los aires y acabó cayendo sobre unas sillas de ruedas. El hombre que había cogido a Lidia, le había pegado un fuerte puñetazo. Aquel tipo se lanzó rápidamente sobre él, desarmándolo. Lo cogió del pie y lo lanzó al otro extremo de la sala de espera. Aquel hombre, pese a su condición física y extrema delgadez, era muy fuerte.
—¡¡Ángel!!— dijo Víctor levantando el fusil, pero el tipo aquel fue mucho más rápido. Se acercó a él y lo desarmó con una rapidez asombrosa. Víctor, aun así, logró pegarle un puñetazo al hombre. El hombre ni siquiera se movió. Enseguida respondió con un fuerte puñetazo que tumbó a Víctor. Este comenzó a escupir sangre. Juan se levantó y atacó al hombre con su machete, pero el tipo, nuevamente, fue más rápido y agarró a Juan por el cuello, levantándolo unos centímetros del suelo. Juan, aun dolorido por los mordiscos de la niña. Golpeaba y pateaba a aquel tipo sin conseguir resultados.
El hombre sonrió y le cogió una mano a Juan. La misma mano con la que sostenía el machete. Aquel tipo se la retorció hasta que crujió. Juan lanzó entonces un grito de dolor. Ángel y Víctor se estaban levantando del suelo para alcanzar sus fusiles. Justamente en ese momento, el hombre lanzó a Juan a través de la ventana, el cristal se rompió y Juan se precipitó hacia la calle. No tardaron en escuchar el golpe seco del cuerpo de Juan chocando contra el asfalto.
Víctor logró alcanzar su arma. Este apuntó al tipo aquel, pero este alzó a Lidia y la usó como escudo. Impidiendo que Víctor pudiera disparar. Seguidamente comenzó a retroceder hacia otra ventana. Ángel se lanzó en ese momento contra el hombre, pero nuevamente fue derribado de un golpe. Fue en ese momento cuando el hombre mugriento sacó una pistola y comenzó a dispararles. Víctor y Ángel totalmente indefensos se pusieron a cubierto. Aquel tipo dejó de disparar, se cargó a Lidia al hombro y echó a correr. Salió por una ventana abierta y desapareció de su vista. Todo había pasado tan rápido y había sido tan extraño que Víctor y Ángel aun no sabían cómo reaccionar. Ese tipo había jugado con ellos como había querido y se había llevado a Lidia delante de sus propias narices.
—¡¡¡Joder!!! Se la ha llevado— dijo Ángel reaccionando por fin y levantándose del suelo. Rápidamente recogió su arma y miró a Víctor.
—Era un hombre. No un infectado… —dijo Víctor sin poder todavía ponerse en pie. Únicamente lo estaba logrando apoyándose en la columna que tenía al lado.
—Tendrías que haber disparado—dijo Ángel mirándolo de nuevo —Era solo uno ¿Cómo ha podido tumbarnos tan fácilmente?
—No podía dispararle. Usó a Lidia como escudo. Ese tío o lo que sea, sabía muy bien lo que hacía— dijo Víctor
—¿Y la niña? ¿Dónde está? —preguntó Ángel mirando a su alrededor.
—No lo sé. La cría desapareció cuando el tío ese nos golpeó— respondió Víctor —Es evidente que estaba con él.
De repente, escucharon el motor de un vehículo se dejó escuchar. Ángel y Víctor se miraron el uno al otro. Los dos se acercaron a la ventana por la que aquel tipo se había marchado con Lidia. Desde allí, vieron una furgoneta destartalada que se alejaba por un camino de gravilla que había entre campos de naranjos. Alejándose a toda velocidad del ambulatorio.
—Ahí es donde llevan a Lidia. Seguro que sigue viva. Tenemos que ir a buscarla. Hay que salvarla —dijo Víctor mirando a Ángel. —Es la única médica que tenemos. Su vida es la más importante del grupo.
—Está bien. Vamos. No hay tiempo que perder—dijo Ángel
Los dos bajaron rápidamente por los escalones del ambulatorio en dirección al exterior. Una vez fuera en la calle, vieron a Juan tendido en el suelo. Sangraba abundantemente por la cabeza y no se movía. Víctor se acercó a él y le tomó el pulso. Estaba indudablemente muerto.
—Ya no hay nada que hacer por él. Ahora vayamos a por Lidia—dijo Víctor levantándose.
Los dos rodearon el ambulatorio y llegaron al camino por el que habían visto alejarse a la furgoneta. Allí, aun marcadas en la grava, estaban las huellas de los neumáticos del vehículo. Ambos siguieron las huellas de los neumáticos hasta que llegaron a una casa con aspecto de granja, había una especie de granero y justo al lado de este, había un gran depósito de agua. Allí también vieron aparcada la furgoneta de aquel tipo, pero no había ni rastro de él. Víctor y Ángel observaban el lugar, ocultos detrás de unos matorrales.
—Lidia está aquí. En algún lugar de esta casa— dijo Víctor observando con los prismáticos.
—Entonces vamos a sacarla. Si ese tío aparece… Le vuelo la puta cabeza. Esta vez no nos va a sorprender —dijo Ángel —Le haremos pagar lo de Juan.
—Hay que buscar una manera de entrar. No podemos hacerlo por la entrada principal. No podemos arriesgarnos a que nos vean. Podrían matar a Lidia. Si estaban ese y la cría… Puede haber más de uno ahí dentro— dijo Víctor pasándole los prismáticos a Ángel.
—Si… Ya había tenido en cuenta esa posibilidad— dijo Ángel observando la casa.
Víctor y Ángel salieron de su escondrijo con cautela y se fueron acercando a la casa. Se colaron por un agujero en la verja y rápidamente se ocultaron detrás de la furgoneta en la que se habían llevado a Lidia. Una vez allí se dieron cuenta del nauseabundo olor que desprendía el vehículo. Volvieron a observar la casa, esta parecía abandonada, pero era evidente que no lo estaba.
—Abre bien los ojos. Si ese capullo aparece… No dudes en disparar— dijo Víctor —No nos dará muchas oportunidades. No nos mató cuando tuvo la oportunidad porque no quiso. Estaba demasiado ocupado con Lidia.
—Tu tampoco dudes— respondió Ángel.
Ambos seguían rodeando la casa en busca de alguna evidencia del paradero de Lidia. En ese momento escucharon un ruido y se escondieron detrás de un coche destrozado que había junto a unas cuadras. Se asomaron un poco y vieron a otro tipo. Era hombre tan demacrado como el otro. Este salió de una especie de granero con techo de uralita. Este portaba una carretilla con restos humanos. Aquel tipo dejó la carretilla y entró en la casa. Víctor y Ángel no salieron de su escondite. Siguieron observando. Aquel tipo se había dejado la puerta de aquel granero abierta.
—Lidia podría estar retenida ahí— dijo Ángel —Empiezo a temer lo que hace esta gentuza.
—Vayamos entonces, pero despacio— dijo Víctor.
Los dos se acercaron al granero y abrieron la puerta poco a poco. Una vez dentro notaron que la temperatura allí era mucho más baja. Aquello era una cámara frigorífica. Víctor se dio la vuelta y cerró la puerta. No disponían de mucho tiempo.
—Mira esto—dijo Ángel señalando a una parte del granero.
Víctor se dio la vuelta y vio la escena mas aterradora de su vida. Ante ellos, había gente colgada boca debajo de unos ganchos. Algunos estaban despellejados. Les habían estado arrancando la piel. Otros tenían un gran boquete en el estómago y les habían extraído las entrañas. Todos carecían de extremidades. Aquello era un matadero.
—¿Qué es todo esto? ¿Quién es esta gente en realidad? — preguntó Víctor mientras observaba los cuerpos. —¿Cuánto tiempo llevan haciendo esto?
En ese momento escucharon un susurro que venía de algún lugar de aquella sala. Era Lidia quien había susurrado. Los dos avanzaron entre los cuerpos colgados hasta que llegaron a unas jaulas. Lidia estaba encerrada en una de ellas. Al lado, había otras jaulas con gente metida dentro, pero no se movían. Seguramente habían acabado muriendo de frio. Lidia tiritaba.
—Hemos venido a sacarte de aquí— dijo Víctor cogiendo el candado con una mano.
—No tardará mucho en volver. Tenéis que sacarme de aquí— dijo Lidia en voz baja y mirándolos. Entonces notó que faltaba alguien —¿Dónde está Juan?
—Muerto…—respondió Ángel —No logró sobrevivir a la caída.
Víctor seguía tratando de romper el candado. Podría disparar, pero entonces atraería la atención de aquella gente. Miró entonces a Lidia —Tenemos que sacarte de aquí antes de que vuelva, pero no puedo romper el candado ¿Cuántos de ellos has visto?
—He visto a dos hombres, a una mujer y a la niña— respondió Lidia —Es una familia.
—Una de locos— respondió Ángel sin perder de vista la puerta de la entrada. En cualquier momento podría entrar alguien y aquello se pondría peor.
—No hay manera de abrir el puto candado por las buenas. Voy a tener que dispararle— dijo Víctor soltando el candado.
En ese momento escucharon un sonido. Ambos se miraron y corrieron a ocultarse. Cuando lo hicieron, vieron como allí dentro entraba un hombre. Era el segundo que habían visto. Este caminó hacia la jaula donde estaba Lidia y se quedó plantado delante de ella. Llevaba una bandeja con comida. La cual, dejó en el suelo. Después se agachó y miró a Lidia.
—Come— dijo el hombre empujando la bandeja hacia la jaula. Lidia observó que dentro del plato había carne. Enseguida se imaginó su procedencia y se negó a comer. Aun así, aquel tipo volvió a insistir. —Come…— como Lidia no hizo caso, aquel tipo sacó lo que parecía una porra eléctrica y la metió entre los barrotes. Dándole a Lidia una descarga. Eso hizo que Víctor no aguantara más y saliese apuntando al hombre. Este, al verlo se quedó quieto, mirando a ambos militares.
—Sácala de ahí o te mete una bala en la cara— amenazó Víctor.
—Déjala salir— dijo Ángel —No te lo volveré a repetir.
Aquel tipo se puso en pie con las manos en alto y comenzó a retroceder alejándose de la jaula. Entonces comenzó a hablar. —¿Qué creéis que va a pasar? Puede que me matéis… Pero… ¿Qué creéis que pasará después? No saldréis vivos de aquí.
—Quédate quieto—dijo Víctor —Esto puede acabar bien para todos. Puede solucionarse.
El hombre no hizo caso a las advertencias de Víctor y siguió retrocediendo. Llegó hasta una mesa que tenía detrás. Agarró rápidamente una sierra mecánica y atacó. Víctor y Ángel comenzaron a disparar en ese momento y las balas comenzaron a atravesar el cuerpo de aquel hombre hasta que cayó al suelo. Una vez abatido, se lanzaron sobre él y comenzaron a buscar las llaves de la jaula. Cuando las encontraron, se apresuraron a abrir la puerta para que Lidia saliera.
—Salgamos de aquí ya— dijo Víctor comenzando a correr hacia la puerta. La abrió de una patada y salió apuntando en todas direcciones. Esperando que llegara algún ataque, pero no ocurrió nada. Ángel y Lidia salieron corriendo detrás y fue en ese momento cuando una flecha salida de la nada, se clavó en el estómago de Ángel, este se desplomó repentinamente a causa del dolor y Lidia se agachó rápidamente a su lado. Víctor miró hacia el lugar de donde le había parecido que había venido la flecha y entonces lo vio. Detrás de una puerta estaba aquel tipo desagradable del ambulatorio, armado con una ballesta y preparando una nueva flecha.
Víctor lanzó un grito de rabia y comenzó a disparar al hombre mientras cubría a Ángel y Lidia.  Víctor se fue acercando a Lidia mientras no dejaba de disparar. Cuando la alcanzó, entre los dos levantaron a Ángel y comenzaron a correr en dirección contraria a la que en principio se dirigían. El tipo de la ballesta también había desaparecido.
Lograron llegar al camino tras cruzar una puerta de hierro trasera. Si se daban prisa, dejarían atrás esa granja. En ese momento escucharon de nuevo el sonido de la motosierra a sus espaldas. El tipo del ambulatorio había dejado la ballesta y en esos momentos corría hacia ellos con la motosierra en alto mientras gritaba.
Víctor se detuvo y dejo a Ángel a cargo de Lidia. —Corre, yo lo freno aquí. Nuestro vehículo sigue estando aparcado delante del ambulatorio.
Lidia comenzó a correr con Ángel a cuestas. Mientras tanto, Víctor apuntaba a aquel tipo. Justo cuando iba a disparar. Una flecha se clavó en su costado y el cayó de rodillas. Dos flechas más se clavaron en su pecho. Eso hizo que Lidia se detuviera en seco.
Víctor estaba herido. Una mujer armada con la ballesta estaba disparando flechas desde una ventana mientras que el hombre de la motosierra se había detenido junto a Víctor. Apagó la motosierra y comenzó a golpear a Víctor con violencia. Lidia dejó a Ángel entre los naranjos y se dispuso a salir a plantar cara, ya que, en cierto modo, ella se sentía culpable de aquella situación. Cogió la pistola que Ángel llevaba y pese a que le temblaban las manos. La empuñó.
En ese momento, Ángel reaccionó y la cogió del brazo —Utiliza mi fusil y acaba con ese cabronazo.
Lidia cogió el fusil y seguidamente comenzó a correr hacia el camino.
*****
Víctor estaba tirado en el suelo. Sangraba mucho. Estaba casi inconsciente después de la brutal paliza que estaba recibiendo por parte de aquel grotesco hombre, pero, aun así, pudo hablar mostrando una sonrisa.
—Vamos caníbal cabrón. Ya casi me tienes. Mátame ya. Y no te olvides de que cuando me comas…— Víctor tosió sangre —…No te olvides de empezar por mis cojones—dijo Víctor comenzando a reír a carcajadas y dándolo todo por perdido.
El hombre sacó entonces un machete y se lo clavó en el estómago. Luego comenzó a retorcérselo mientras mostraba una macabra sonrisa, estaba disfrutando del momento. Víctor comenzó a gritar de dolor hasta que perdió el conocimiento. Se iba…
*****
Lidia se armó de valor y comenzó a disparar cuando vio caer a Víctor inconsciente. Sintió el retroceso del fusil y el dolor que le provocó, pero no le importó. Las balas impactaron en la cabeza del hombre y este se desplomó rápidamente en el suelo. Lidia dejó caer el fusil y se acercó corriendo a Víctor. Cuando llegó junto a él, comprobó que siguiera vivo. Lo estaba, pero muy malherido. Ángel también apareció allí y se acercó tambaleándose mientras se tapaba la herida.
—Vamos. Lo llevaremos al coche y iremos a algún lugar seguro a para curarnos. Luego nos encontraremos con los otros. Ahora mismo lo más importante es la vida de Víctor—dijo Ángel mientras observaba como Lidia le cubría las heridas. Las cuales no parecían muy profundas. Aquel tipo que yacía muerto al lado no había tenido intención de matare. Únicamente quería hacerle sufrir.
La mujer había desaparecido. Ya no les lanzaba flechas. Probablemente había huido del lugar. Regresaron por donde habían venido y llegaron al coche. Pusieron a Víctor en el asiento de atrás y allí, mientras Ángel les cubría. Lidia le practicó los primeros auxilios a Víctor. Al menos para que aguantara hasta regresar al instituto, donde lo tendría mejor atendido. Después de atender a Víctor miró a Ángel.
—¿Tu cómo estás?— preguntó Lidia mirando a Ángel.
—Yo estoy bien. No es una herida grave. Mi compañero está peor que yo—respondió Ángel.
—Quiero pediros perdón— dijo en ese momento Lidia mientras miraba el cuerpo de Juan. El cual habían cubierto con una bata de médico. —Si yo no me hubiese empeñado en regresar… Podríamos habernos ido de aquí antes y nada de esto habría pasado. Ahora Juan está muerto y Víctor gravemente herido. Me siento culpable.
Ángel iba a responder cuando algo les embistió por detrás. Lidia se giró rápidamente y vio un vehículo detrás de ellos. Al volante estaba la mujer de aquella casa. Los había seguido hasta allí.
La mujer comenzó a embestir el coche con la furgoneta repetidas veces. Víctor que seguía inconsciente, había sido lanzado hacia delante a causa del golpe. La mujer lanzaba gritos enfurecida, presa de la cólera. Se bajó rápidamente de la furgoneta y con un hacha comenzó a golpear el coche en el que se encontraban Lidia, Ángel y Víctor.
Sin pensárselo dos veces, Lidia arrancó el motor del coche. La mujer se quedó enganchada cuando el coche comenzó a moverse. Siguió dando golpes y Lidia frenó en seco. La mujer se soltó y cayó al suelo, rodando por el asfalto.
Los infectados que había cerca se acercaron, sintiéndose atraídos por el alboroto. Estos rodearon a la mujer que estaba malherida en la carretera. Enseguida comenzaron a morderle mientras aquella desquiciada mujer gritaba de dolor. Lidia ni siquiera la miró. Ni siquiera sintió lastima por ella, volvió a pisar el acelerador y se marcharon de allí.

Ayuntamiento de Puzol…
21:10 horas…

Ya era de noche cuando llegaron al ayuntamiento. Aún no había llegado nadie de los otros grupos. El lugar estaba desierto y eso les preocupaba.
—Los demás no tardaran en llegar—dijo Ángel siendo optimista. Se quedó un rato mirando a Lidia y entonces comenzó a hablarle. —Es ridículo que te culpes por esto. Simplemente viste a esa niña e hiciste lo que hubiese hecho cualquiera. ¿Quién iba a imaginarse lo que pasaba en realidad? No le des más vueltas.
—Sé que soy responsable en cierta medida. Como lo fui cuando oculté lo de Rosa. Tendría que haber sido más lista y hacer lo correcto— respondió Lidia —Pero se ha acabado. Ya no volveré a meter la pata de esta manera. Ya no…

Lidia revisó de nuevo las heridas de sus compañeros y le cosió a Ángel la herida que tenía. Se miró el reloj y vio que ya se acercaba la hora límite. Aún no había llegado nadie y en el fondo de su corazón deseó que todos estuvieran bien.

jueves, 31 de marzo de 2016

Zombies Capitulo 11: La Misión

Día 24 de Junio de 2016
Puzol… 18:00 horas…

Estábamos llegando al puesto de militares ubicado en el colegio Caxton. Por las carreteras de los alrededores había cadáveres por todas partes, la gran mayoría de militares a los que conocía de haber hablado con ellos en algún momento o únicamente conocerlos de vista. Era una escena escalofriante. Mis compañeros también observaban lo ocurrido.
—Esto podría haberse evitado… De haber sabido más de lo que sabíamos— dijo Paco observando como dos infectados devoraban las tripas de un militar caído. Estos mordían los intestinos con ansia.
—Aun así no creo que la cosa hubiese sido muy distinta. Primero, la infección llegó muy rápido. No sabíamos tampoco como se extendía tan rápido y luego nos enteramos tarde de como acabar con ellos—respondió Jorge mientras conducía.
—El gobierno, creo que sabia algo  de los que pasaba, pero no hicieron nada. Encubrieron la realidad. En parte ellos son responsables de esto— dije yo observando a un militar infectado. Este caminaba lentamente junto a otros de aquellos seres y alzaba los brazos hacia nuestro vehículo blindado.
—Más bien creo que pensaron que podrían solucionarlo ellos solos. Quizás pensaron que los casos eran aislados, pero nada de eso. Esto no fue una simple gripe y se dieron cuenta de ello demasiado tarde. Cuando comenzaron los disturbios ya se  dieron cuenta de que la situación se les había ido de las manos—dijo José –Ya no  podían hacer nada.
—Todo llegó tan rápido… Incluso algunas personas se dejaron llevar por la superstición y el miedo. Recuerdo una secta religiosa en  Wyoming. Todos los integrantes se suicidaron en masa pensando que el fin del mundo llegaba— dijo Jorge mientras le indicaba por donde tenía que girar.
—Bueno. Teniendo en cuenta lo que ha pasado… No andaban muy desencaminados en cuanto al fin del mundo. Esto es un apocalipsis en toda regla. Me pregunto cuantas personas han sucumbido a estos. Cuantas más personas además de nosotros quedan— dije mientras me planteaba la posibilidad de que gran parte de la población humana del planeta hubiese muerto. Era una idea aterradora.
—Los primeros indicios  aquí en España se dieron un par de meses antes. Quizás dos, puede que tres. Por aquel entonces nadie tenía ni puta idea de la magnitud de lo que se nos venía encima. No si lo trataban como una gripe un poco más fuerte— dijo Paco –Al final… Es como si nosotros mismos hubiésemos provocado nuestro propio fin.
—Bueno. Es la naturaleza del ser humano al fin y al cabo. Terminar destruyéndose a si mismo— respondí.
En ese momento, Jorge me hizo una señal para que mirara al frente. Justo delante de nosotros había una barricada semi derribada. Al otro lado podíamos ver el edificio principal del colegio.
—Es aquí. Hemos llegado— dijo Jorge deteniendo el vehículo. –El arsenal está dentro.
Yo señalé el cartel donde se podía leer claramente: Caxton Collegue. –Si. Es aquí.
Todos nos quedamos observando la zona totalmente devastada mientras bordeábamos la barricada y comenzábamos a adentrarnos en el aparcamiento del colegio. Aquello presentaba un aspecto mucho más desolador de lo que habíamos visto hasta entonces.
—Parece que por aquí haya pasado un tornado— dijo Paco –Que desastre.
—Lo que pasó por aquí fueron cientos de esos cabrones apestosos— dijo José contemplando una pila de cadáveres.
—Escuchad. Una vez estemos dentro, cogeremos todas las armas y munición que podamos. Después las cargaremos en la parte trasera y nos largaremos de aquí—dije yo
—Ahora entiendo por que decidiste coger el blindado. Tiene mayor espacio. Buena idea— dijo José.
Llegamos a la puerta principal del colegio. Esta estaba entre abierta y no nos costó nada entrar. Una vez dentro, detuvimos el vehículo y comenzamos a bajar. Delante de nosotros en medio del recreo había otra barricada. Los cuatro la cruzamos rápidamente. Allí dentro estaba lleno de cadáveres, tanto de militares como de civiles.
—Parece ser, que los infectados entraron aquí en masa— dijo Paco
—O fueron los civiles tratando de salvar su vida o simplemente refugiarse en el interior. Sea como sea, no lo lograron— dijo Jorge mientras apartaba la vista del cadáver mutilado de un niño de pocos años.
—Abrid bien los ojos. Puede que aun queden infectados aquí dentro. Es un colegio bastante grande—dije yo
—Creo que las armas las guardaban dentro. En una de las aulas— dijo Jorge
Estábamos pasando junto a unas tiendas de campaña de color verde cuando vimos algo que nos llamó la atención. Nos acercamos y vimos que se trataba de un vehículo blindado, idéntico al  que habíamos usado para llegar allí.
—Mira tu por donde— dijo José mirando el vehículo —Parece que después de toda la mierda que hemos tenido que tragar. Este va a ser nuestro día de suerte. Comprobaré si tiene gasolina— José rodeó el vehículo y comprobó el deposito. Seguidamente nos miró con una sonrisa –Está lleno.
—De puta madre entonces— respondió Jorge. –Podremos cargar ambos.
—Si. También nos lo llevamos— afirmé –Inspeccionemos las tiendas. Puede  que encontremos algo que nos sea útil.
Comenzamos a inspeccionar una por una las tiendas. Estábamos buscando en una llena de taquillas cuando entonces a nuestras espaldas escuchamos un ruido. Provenía de una de las taquillas que aun no habíamos inspeccionado.
—¿Lo habéis escuchado? ¿Que ha sido eso?— preguntó Paco mirando hacia la taquilla.
Los cuatro comenzamos a avanzar hasta que llegamos. Paco agarró el pomo dispuesto a girarlo. Entonces nos miró.
—Con cuidado— le advirtió Jorge.
Paco abrió la taquilla de golpe y un chaval cayó de dentro. Era un militar. Aun así, los cuatro le apuntamos con los fusiles. Fue entonces cuando el chico levantó los brazos y comenzó a hablar.
—No disparéis. Yo estoy vivo... Soy normal… Miradme…
Jorge dejó de apuntarle y lo ayudó a ponerse de pie. Pudimos observar que estaba algo demacrado. Seguramente llevaba allí metido mucho tiempo —¿Quien cojones eres? ¿Eres un militar o eres un civil que se ha vestido como uno?
—Yo me llamo Fran— se presentó el chico —Soy un soldado como vosotros. Disculpad el mal olor. Llevaba días ahí escondido. No me atrevía a salir.
—Nosotros hemos venido aquí a coger armas y munición. Nos vamos a largar del pueblo. Dinos donde están— le espeté. No quería pasar más tiempo allí. Quería terminar cuanto antes esa misión.
—Aquí en la tienda no están. De hecho no se si quedará alguna—dijo Fran
—¿A que te refieres con eso?— preguntó José
—Cuando la cosa se complicó. Una avalancha de civiles comenzó a llegar. Trataban de huir de los infectados. No nos quedó más remedio. Entramos en pánico y tuvimos que disparar contra ellos. También había infectados. Fue una masacre. Después de eso, algunos soldados se largaron otros se enfrentaron entre si hasta que se mataban entre ellos. Al final solo quedaba yo. Hace unos días apareció por aquí un grupo de personas… Venían saqueando… Fue cuando me escondí y no volví a salir. Hasta ahora.
—Quizás tengamos suerte y podamos conseguir algunas todavía ¿Puedes indicarnos en que parte del Caxton están escondidas las armas? Es de vital importancia— le dije a Fran.
—Sinceramente. No lo se. Creo que en una de las aulas del tercer piso. Hay un cartel colgado de la puerta— dijo Fran
—¿Había muchas? ¿Cuanta munición había disponible?— preguntó Jorge
—El suficiente arsenal como para acabar con todos esos cabrones. Ametralladoras, escopetas, pistolas, machetes, lanza cohetes, granadas… Hay… O había de todo. Y también había  munición abundante— dijo Fran
—De acuerdo. Entraremos dentro y cogeremos todo lo que quede— dije yo caminando hacia una de las puerta de entrada al edificio.
—Escuchad… ¿Podéis llevarme con vosotros? No quiero quedarme aquí. No quiero volver a quedarme solo. Por favor— dijo Fran
Yo miré primero a Fran y luego a los demás. Todos estuvimos de acuerdo en llevar a Fran con nosotros.  Al fin y al cabo no podíamos dejarlo tirado allí.
Los cinco entramos por la puerta. Esta daba a un pasillo que nos llevaba hasta el hall principal. El hall estaba completamente oscuro. Había fragmentos de cristal por el suelo que crujían bajo nuestros pies. También había casquillos de bala. También había varios cadáveres con agujeros en la cabeza.
Fue en ese momento cuando escuchamos un gemido tras unos estantes caídos.  Una figura tambaleante surgió de detrás, se trataba de una mujer a la que le faltaba un brazo y tenía las tripas casi arrastrando por el suelo. Cuando nos vio, levantó su única extremidad y comenzó a avanzar hacia nosotros con paso torpe.
—Joder— dijo Fran levantando su arma mientras retrocedía.
Jorge puso su mano delante para que no disparara –No dispares. Si lo haces, podrías atraer a más. Estamos en un espacio cerrado ¿Tienes idea del enorme escandalo que organizarás? Hemos venido aquí con una misión. Tenemos que llevarla a cabo sin contratiempos.
Paco y yo rodemos a la infectada. Esta nos seguía a los dos con la mirada, pero no sabía hacia quien ir. Yo logré situarme a su espalda y la agarré por detrás. Paco le clavó entonces su machete en la cabeza.  Matándola al instante.
—Hemos aprendido que cuando solo es uno de ellos, esta es la mejor manera de matarlos. Solo deberíamos disparar en caso de que vengan en gran número y nos rodeen. Solo si es necesario— dije yo –Ahora busquemos esa clase y salgamos de aquí.
Nos adentramos en un pasillo. Teníamos aulas de estudio a ambos lados. Algunas estaban cerradas a cal y canto. Teníamos que detenernos a forzarlas y en la mayoría de ocasiones, o las abríamos para nada o había algún infectado atrapado dentro. En algunas ocasiones ni siquiera llegábamos a abrir, ya que los infectados del interior se lanzaban contra la puerta. Las clases que estaban abiertas estaban totalmente vacías. Únicamente había cadáveres totalmente destrozados. Jorge vio un cadáver y se acercó a el. Se agachó a su lado y luego me miró.
—Juanma. Mira, tienes que ver esto— dijo Jorge
—¿Que es lo que pasa?— pregunté yo acercándome y agachándome a su lado.
—Fíjate en esto. Tiene marcas de mordiscos. A este se lo han estado comiendo, pero no tiene señales de que le hayan disparado, sin embargo está muerto. Lo normal sería que estuviese andando por ahí como los otros— explicó Jorge señalando las marcas de dientes.
—¿A dónde quieres llegar?— pregunté mirándolo.
—Verás. Tengo una teoría al respecto— comenzó a explicar Jorge  —Sabemos que una vez te muerden, te infectan. Eso ya lo tenemos claro. Luego, una vez muerto, es cuando vuelves como uno de ellos. También sabemos que para matarlos debes destrozarles el cerebro, pienso que a este le destrozaron el cerebro mientras se lo comían. Por eso no volvió.
—Si, bueno. Eso ya lo sabíamos— respondí.
—Aun no he terminado— replicó Jorge.
—¿Es necesario que tengamos que pararnos a parlotear?— preguntó Fran. Se le notaba bastante nervioso.
Jorge continuó con lo que estaba diciendo. —Creo que ya se como funciona esto. El virus una vez contraído. Ya sea por mordisco o por aire. Primero te mata. Luego actúa reanimando el cerebro, pero por alguna razón los infectados son incapaces de vocalizar o mostrar algún tipo de sentimiento. No parecen inteligentes. Se puede decir que han dejado de ser personas.
—¿Significa eso que no podremos razonar nunca con ellos?— preguntó Paco acercándose también a nosotros
—Exacto. El virus ha activado su cerebro, pero solo una función. La más básica… La de alimentarse… Pero dudo mucho que puedan hacer la digestión o que el hambre se les pase. Como hemos visto en algunos de ellos… Tienen el estomago destrozado, creo que no es por hambre o por necesidad— dijo Jorge –Comen para nada… Pero no dejaran de hacerlo.
—Muy bonito. Gracias por la clase de ciencias ¿Podemos seguir con lo nuestro? Quiero marcharme de aquí de una puta vez—dijo Fran
—¿Conoces algún tipo de virus que haga volver a los muertos?— pregunté yo mirando a Jorge.
—En absoluto. No conozco nada parecido. De hecho dudo que alguien conociera algo semejante. Este virus o lo que sea en realidad no era algo que fuese conocido de antes—dijo Jorge
—¿Habéis escuchado alguna vez lo del polvo zombi? Porque está claro lo que son estos seres… Son eso, son zombies. Muertos vivientes— dijo Paco –Creo que eso lo tenemos todo claro.
—Eso del polvo zombie es una viene de Haití, pero no es nada como esto. Más bien es un rito que se usa para anular la voluntad de las personas. Pueden obligarte a hacer cosas, como trabajos del campo. Es algo así como la burundanga. Es simplemente droga. Lo he visto en varios documentales… Esto no es nada parecido. Esas personas bajo la influencia de esa droga, no se  alimentan de los vivos. La diferencia es esa…— respondí mirando a mis compañeros.
—Cierto. Yo también vi ese mismo documental…— añadió Jorge.
—Entonces está claro que se trata de un virus. Sin lugar a dudas. La forma de transmisión así nos lo confirma. La pregunta es: ¿De donde demonios ha salido? ¿De donde viene? ¿Quién está detrás de el?— esas preguntas comenzaban a rondarme en la cabeza.
—Ya basta. Vamos. Tenemos que seguir. La conversación es entretenida, pero no tenemos tiempo que perder— dijo Fran interrumpiéndonos una vez más. En cierto modo tenía razón. No podíamos perder más tiempo de esa manera.
Los cinco salimos de la clase y seguimos avanzando hasta que vimos una clase con un candado puesto.
—¿Es aquí?— pregunté mirando a Fran. Aunque su expresión era de confusión.
—No lo se, pero parece que hay algo al otro lado.  Aunque como ya dije. Esos tíos que pasaron por aquí… Pero el candado es indicativo de que al otro lado hay algo. Abrámosla y salgamos de dudas— Fran agarró el candado y las cadenas con intención de abrir.
—Esperad. Es verdad que al otro lado pueden estar las armas que hemos venido a buscar, pero también puede haber infectados. Deberíamos prepararnos— propuso Jorge.
En ese momento, Fran sacó su pistola y apuntó al candado. –A la mierda…— quisimos detenerle, pero ya era tarde. Fran disparó al candado y este cayó al suelo.
—¿Que coño estás haciendo capullo?— preguntó Paco empujando a Fran a un lado.
—Se supone que estamos buscando las armas. Puede que estén aquí— dijo Fran levantándose del suelo y encarándose con Paco.
—Tu mismo has dicho que unos tipos se las llevaron— respondió Paco empujando de nuevo a Fran.
—No me toques. No tengas los huevos de tocarme. Dije que vinieron unos tipos y es cierto, no se exactamente lo que se llevaron ¿Vale? No se que coño vi en realidad. Estaba cagado de miedo.
En ese momento, la puerta comenzó a abrirse y vimos los rostros de los infectados al otro lado. Empujando la puerta para salir. Jorge y yo nos lanzamos rápidamente contra la puerta para bloquearla. Al otro lado, aquellos seres, empujaban con todas sus fuerzas mientras aporreaban la puerta. Rápidamente miré a Paco –Deprisa. Necesitamos algo con lo que cerrarla. Una cuerda o algo.
Al otro lado, los infectados aporreaban la puerta y empujaban. Ellos son se iban a cansar y si eso seguía así. La acabarían abriendo y saliendo, cayéndonos encima.
Paco salió corriendo mientras nosotros nos apoyábamos en la puerta. No quería imaginarme la cantidad de aquellos seres que había al otro lado. Paco volvió entonces  con una cuerda y amarró bien las manivelas de la puerta. Haciendo un nudo muy fuerte. Fue entonces cuando nos retiramos. La puerta se sacudía con mucha fuerza.
—No se cuanto resistirá, pero algo es algo. Vámonos de aquí ahora mismo—dijo Paco
Corrimos por el pasillo, alejándonos de aquella puerta. Llegamos entonces a unas escaleras. Las subimos rápidamente y llegamos a otro pasillo lleno de aulas. En una de ellas había un hombre ahorcado con un cartel colgado del cuello donde podía leerse la palabra: “Cobarde”
—¿Qué cojones le habrá pasado a este tío?— preguntó Paco mirando el cadáver. –No parece que lleve mucho tiempo muerto. No tiene mordeduras tampoco.
En ese momento, Fran pareció reconocer al hombre. Este se acercó al cadáver –Este era uno de ellos. Lo vi con ellos cuando llegaron.
—Esos tipos se matan entre ellos. No me gustaría cruzármelos— dijo Jorge.
Salimos de la clase y seguimos por el pasillo. Al final de este,  encontramos una puerta abierta. Era una especia de almacén. Fue entonces cuando vimos un cartel. En el cual había dibujada una escopeta. Era allí indudablemente. Entramos entonces al interior y vimos que la habían saqueado a conciencia. Dejando muy pocas armas y munición.
—No nos han dejado gran cosa… Joder… Si diría que no se han llevado más porque no les quedaba más sitio— dijo Jorge. Seguidamente me miró. —¿Qué hacemos ahora?
—Confieso que esperaba encontrar más, pero esto es mejor que nada. Vamos. Cogedlas todas— dije mientras tomaba una escopeta y comprobaba que había cajas de munición disponibles.
—¿Y donde las cargamos?— preguntó Jorge
Comenzamos a buscar por la sala y encontramos varias bolsas de deporte. En ellas comenzamos a cargar fusiles, escopetas, rifles y pistola. Además de varias cajas de munición. No tardamos mucho en tener todas las bolsas cargadas. Cada uno de nosotros iba a llevar dos.
—¿Para que necesitáis tantas armas?— preguntó Fran —¿Pretendéis salir a cazar infectados o que?
—Somos cerca de veinte personas. Necesitaremos todo esto si queremos salir del pueblo—dije –Hemos decidido ir hacia el mar. Es ahora mismo la mejor opción que tenemos.
—¿Por qué al mar?— preguntó Fran. —¿No sería mejor atrincherarse donde quiera que tengáis vuestro refugio? Es mejor que jugársela.
—Por que el mar es ahora mismo lo más seguro— dijo José cerrando la cremallera de las bolsas con las que iba a cargar.

Jorge se acercó a la ventana y se volvió hacia mí. —Voy a traer el blindado y lo situaré debajo de la ventana. Me iréis pasando las armas que queden. Paco ayúdame. Te necesitaré para coger el segundo. Vosotros esperaros aquí. No tardaremos mucho
—De acuerdo— respondí –Me parece una buena idea.
Paco y Jorge salieron de la sala. Diez minutos más tarde, los dos blindados estaban debajo de las ventanas. Nos asomamos y comenzamos a pasarles las bolsas cargadas de armamento y munición. Eran cuatro metros de altura.
—Aun queda espacio para más. Podéis coger más— dijo Jorge mientras cogía la bolsa que le dejaba caer.
En ese momento, escuché un gemido proveniente del pasillo. Seguido de muchos más. Parecía que venían del piso superior. Enseguida me percaté de lo que pasaba. Estábamos haciendo tanto ruido que habíamos llamado la atención de los infectados del edificio.
—¿Eso son gemidos?— preguntó Fran. Entonces comenzó a entrar en un estado de histeria. Comenzó a dar vueltas por la sala. Entonces, corrió hacia la puerta y la cerró de golpe. Después tumbó un estante delante de la puerta. Bloqueándola completamente. Entonces nos miró –Salgamos de aquí. Vienen a por nosotros. Tenemos que irnos… Tenemos que…— José lo agarró de los brazos y le pegó dos bofetadas.
—Cálmate de una vez. Así solo llamarás más su atención.
Enseguida comenzamos a escuchar los golpes en la puerta. Nos habían descubierto. La puerta la habíamos cerrado bloqueándoles el paso, pero al mismo tiempo nos habíamos quedado sin una ruta de escape. Únicamente nos quedaba la ventana. Era hora de comenzar a saltar.
Terminamos de pasar las bolsas y yo me acerqué a la ventana. Con mucho cuidado salí y me dejé caer. Caí de pie sobre el blindado. Alcé la vista para llamar a Fran y José. Entonces escuché un fuerte golpe y varios disparos.
******
Los infectados comenzaron a entrar en la sala de las armas. José y Fran comenzaron a disparar. Creando un gran escandalo. Eso hizo que los infectados del exterior se sintieran atraídos y comenzaran a acercarse a las vallas. Algunos incluso lograron colarse por una gran puerta de las que estaban abiertas. Estos comenzaron a acercarse a nosotros.  Pronto nos rodearían.
—¡¡¡Vamos!!! ¡¡¡Que salten de una vez!!!—gritó Paco desde abajo mientras apuntaba a los infectados que comenzaban a entrar. Seguidamente comenzó a disparar. Yo también lo hice. Teníamos que mantener a raya a esos seres.
Mientras disparaba. Vi como José y Fran habían alcanzado la ventana. Estos estaban preparándose para saltar. Yo comencé a gritarles que saltaran, pero no parecían escucharme. José miró hacia abajo y entonces fue golpeado por un infectado. José cayó por la ventana y se golpeó la cabeza  contra el suelo. Este se quedó inmediatamente inconsciente. Enseguida un charco de sangre comenzó a formarse debajo de la cabeza.
Los infectados que ya habían casi alcanzado los blindados estuvieron a punto de coger a José, pero la rápida intervención de Paco lo salvó de ser devorado. Este cargó con José y se metió dentro de uno de los blindados.
—¡Juanma! ¡Salgamos de aquí!— me gritó Paco.
—Fran aun no ha salido— contesté mientras abatía a un infectado de un disparo a la cabeza. Miré después hacia arriba mientras Jorge y Paco seguían disparando. Quise gritar a Fran, pero entonces este se asomó por la ventana. Este me miró a mí, aunque no parecía que se atreviera a saltar. Fue en ese momento cuando los brazos de los infectados lo agarraron y tiraron de el hacia dentro.
—¡¡¡Está muerto!!!— gritó en ese momento Jorge —¡¡¡Vámonos!!!
Lancé un grito de rabia y dejé de disparar. Seguidamente me lancé de cabeza al interior de uno de los blindados. Me puse al volante y encendí el motor. Enseguida los dos blindados se pusieron en marcha y comenzamos a alejarnos de allí.
Habíamos dejado atrás el Caxton hacia poco más de cinco minutos. Nos dirigíamos hacia el punto de encuentro con los demás. Cuando llegamos a una zona despejada, detuvimos los blindados y yo me bajé. Necesitaba saber como se encontraba José.
—¿Cómo está?
—Vive, pero tiene unas cuantas costillas rotas. También tiene un brazo roto. La herida de la cabeza no me gusta nada. Es muy posible que tenga un traumatismo craneal. Debemos llevarlo con Lidia cuanto antes. Ella sabrá que hacer— respondió Paco.
—Todo es culpa mía— dije. Las cosas se habían torcido demasiado. Habíamos visto morir a una persona y habíamos estado a punto de ver morir a José. –Yo soy el responsable de esto.
—No me vengas ahora con esas— me espetó Jorge –Ya sabíamos que algo así podía pasar y aun así vinimos. Eres el líder del grupo. No puedes venirte abajo. Vayamos al punto de encuentro. Ya casi es la hora. Lidia estará allí y ella se ocupará de esto. De momento hay que presionarle la herida de la cabeza e inmovilizarle el brazo.
Volvimos a poner en marcha los blindados y comenzamos a conducir hasta el punto de encuentro. De camino, vimos algo que nos llamó la atención.  Pudimos ver una columna de humo en la lejanía y un resplandor rojizo. Eso hizo que me diera un vuelco en corazón.
Esa era la dirección de la gasolinera. David, Jonatán y Leandro estaban allí. Enseguida comencé a preocuparme.
—Parece que ha habido una explosión o algo— dijo Jorge. Entonces me miró –Seguro que están bien. No te preocupes.
—Eso espero. Nunca me lo perdonaré si les ha pasado algo. Fui yo quien los mandó allí—respondí. No podía evitar pensar en cosas terribles que podrían haberles ocurrido.
—No pienses en eso ahora— dijo Jorge –Pronto nos reencontraremos con ellos y verás que no hay nada de lo que preocuparse.
—¿Sabéis una cosa? Ya estoy harto del instituto. Creo que debemos irnos mañana mismo. Bien temprano— dijo Paco –Quedarnos aquí es innecesario.
—Opino lo mismo— respondió Jorge –Cuando lleguemos al mar nos ocuparemos de encontrar algún barco. Seguramente encontremos todavía alguno. De todos modos, las playas están un poco alejadas de las zonas urbanas. Lo primero es eso, dejar atrás las zonas pobladas.
—Si. Mientras buscamos un barco, nos moveremos constantemente alejándonos de los pueblos y ciudades. Así permaneceremos alejados de los infectados— respondí.
—¿Crees que habrá más supervivientes realmente?— preguntó Jorge –Me refiero a personas como nosotros. No como esos tipos a los que mencionó Fran. A esos espero no encontrármelos. No creo que sean personas agradables.
—Opino lo mismo— respondí. Entonces cogí el walkie talkie y traté de contactar con los demás. Probé varias veces, pero en ningún momento recibí respuesta.  No había nadie al otro lado. Aun así no dije nada, probaría más tarde.
Seguí conduciendo mientras observaba por la ventana lo que quedaba del pueblo en el que había crecido. Aunque ya apenas estaba reconocible. Había sido completamente arrasado. Tuve que contenerme para no comenzar a llorar. De vez en cuando, miraba al espejo retrovisor para mirar a Paco y José. Fue  en ese momento cuando vi que José comenzaba a moverse. Abrió los ojos de par en par y luego comenzó a hablar.
—¿Quiénes sois? ¿A dónde me lleváis?
José intentó quitarse a Paco de encima con el brazo sano, pero mi compañero lo inmovilizó rápidamente. Luego me miró –Está delirando.
José trató de zafarse, pero no lo consiguió. Fue en ese momento cuando noté  su mirada clavada en mí. –Tú vas a matarnos a todos. Lo se… Todos vamos a morir…

Llegamos al ayuntamiento cuando ya era de noche. Había comenzado a llover. Una vez llegamos al punto de encuentro me di cuenta de que éramos los únicos que habían llegado. No había ni rastro de los demás. Eso me hizo temerme lo peor.